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«Me arrodillé y le besé la tripa: Papá te verá en el Cielo»
Hace un par de años, Theo, con 22 años, descubrió que no se le reconocía el derecho a proteger a su hijo no nacido; ni siquiera a llorar su muerte. Ahora, tras acabar sus estudios, se dedica, a tiempo completo, a ayudar a mujeres y hombres que se enfrentan a un embarazo imprevisto. Desde Estados Unidos, comparte su historia:

El autor, con Milagro, uno de los bebés
a los que ha ayudado a nacer
En octubre de 2006 descubrí que iba a ser padre. Mi novia desde hacía seis meses estaba embarazada. Ninguno lo había planeado, ni siquiera habíamos hablado de esa posibilidad. Ella dijo que no podía seguir adelante y tenía que abortar. En ese momento no le di mucha importancia; quería que ella se sintiera tranquila y optimista.
La llevé a un centro de atención a embarazadas en Boston cuando estaba de cinco semanas, para que investigara alternativas al aborto. Las mujeres del centro le dieron cita para una ecografía, para que pudiera ver al niño. No pudimos ver mucho, salvo sentir el latido del corazón de nuestro hijo. El técnico dijo que era demasiado pronto para verlo, y que volviéramos en un par de semanas. Volvimos tres semanas después para otra ecografía, y entonces vimos a nuestro bebé. Tenía ocho semanas, y dedos en las manos y los pies, ojos..., todo. Vi y oí su corazón, y me eché a llorar. Fue una experiencia sobrecogedora y muy bonita, hasta que ella me miró y preguntó: «¿Por qué lloras? A los gusanos también les late el corazón». Su hermana le había ofrecido 500 dólares para el aborto. Insistía en hacerlo, y rompió conmigo.
Llamé al centro abortista y pregunté cuáles eran mis derechos. Me dijeron: «No tienes ninguno». Entonces les pregunté: «¿Qué hacéis con los bebés abortados? Quiero enterrar a mi hijo». Me dijeron que no era un niño, sino un feto, y que no volviera a llamar o avisarían a la policía. Estaba con las manos atadas. Yo, como padre, no tenía derecho a proteger a mi hijo de una muerte cometida por un médico. Llamé a todo el mundo que se me ocurrió, para preguntar sobre mis derechos, y de todos obtuve la misma respuesta: «No tienes».
La semana anterior a que mi hijo fuera abortado, fui una vez más a pedirle a su madre que no lo hiciera. Pero ella fue inflexible, y me dijo que me fuera. Así que le pregunté si podía hacer una sola cosa antes de irme, y accedió. Entonces me arrodillé y le besé la tripa a la madre de mi hijo, diciendo: «Te quiero. Papá te verá en el Cielo». Cogí las ecografías y me fui.
El día que abortaron a mi hijo fue muy doloroso. Me informaron de que había ocurrido la tarde del 2 de diciembre de 2006. Ha sido la experiencia más dura por la que he pasado. Mi relación con la mujer con la que pensaba casarme acabó, y perdí a mi primer hijo.
No había nacido, supéralo
No quería seguir adelante; sentía demasiado dolor. Tenía pesadillas. El día después del aborto, fui a ver a mi pastor y me sugirió que hiciera una celebración en memoria de mi hijo. Seguí su consejo, y la celebré el domingo siguiente. Invité a mis padres y a algunos amigos. Fue una ceremonia corta, pero muy dolorosa. Nunca pensé que mi hijo se encontraría con Dios antes que yo.
Después de ese día, me seguía doliendo. Todavía no podía dormir o comer, y a cada momento se me llenaba la cabeza con pensamientos suicidas. Me metí todo lo posible en grupos de Biblia, algunos de ellos postaborto. Eran las únicas personas que lo entenderían. Había veces en las que ni en mi Iglesia recibía apoyo. A un hombre no se le permite llorar la pérdida de su hijo no nato. Me decían cosas como: «Tu hijo ni siquiera había nacido, así que supéralo»; «Todavía no era un bebé»; e incluso: «Tu hijo merecía morir». Ninguna de ellas ayudó a que se cerrara la herida, sólo me sumieron en un estado de depresión.
Ese invierno me invitaron a una marcha de Derecho a la vida en una ciudad del Estado de New Hampshire (Estados Unidos). Pensé que me podía ayudar, así que fui. Estando allí, conocí a un hombre que dirigía un centro de atención a embarazadas en Nueva York. Después de hablar un rato con él, me invitó a ir en verano, y decidí intentarlo.
El 12 de julio de 2007, el día que mi hijo debería haber nacido, viajé a Nueva York a servir a Dios y a ayudar a hombres y mujeres en situaciones como la mía. En ese tiempo, aconsejé a unas 500 personas y, con la ayuda de Dios, salvé unas cien vidas. Sigo haciendo este trabajo en New Hampshire, en un centro que abrí el verano pasado. Aunque nunca llegué a conocer a mi hijo, lo echo de menos cada día. Sé que ahora está en brazos de Jesús y que podré encontrar y abrazarlo en el Cielo.
Theo Purington
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